viernes, 8 de febrero de 2013

El mito de la inexistencia de las clases sociales

Enric González
En breve reseñaré Chavs. La demonización de la clase obrera de Owen Jones (publicado en España por Capitán Swing) y Memorias líquidas, de Enric González, quien se despidió de El País con una carta abierta escrita en la revista Jot Down (en sus memorias una de las cosas que agradece es que esté dirigida por empresarios y no por ex periodistas) titulada Con todos mis respetos ("Que más de diez docenas de periodistas sean despedidos de un periódico que baña en oro a sus directivos y derrocha el dinero en estupideces es bastante grave. Que en España haya millones de personas sin trabajo y con muchísimas dificultades para llevar una vida digna, mientras algunos se enriquecen a costa de la miseria ajena, es una tragedia"). 

Owen Jones


Owen Jones se pregunta en su ensayo, antes que nada, si existen aún las diferentes clases sociales o, como pretendía el Nuevo Laborismo (ese engendro malparido por Margaret Thatcher), todas se han difuminado en una gran clase media. Insiste, con sobrados argumentos, en que las clases sociales no solo continúan sino que se han aumentado las desigualdades. Aunque explica que la clase obrera nunca ha sido un todo: que incluye desde obreros especializados (y sindicados) que pueden (o podían) ganar más que un pequeño comerciante hasta ese empleado precario que ni dinero tiene para sindicarse ni tan siquiera conciencia de clase.
¿Quién forma la clase trabajadora? Aquella que trabaja para otros. O, más aún, aquella que trabaja para otros solo para sobrevivir hasta final de mes (Marx, en sus Manuscritos económico filosóficos, sobre la alienación del trabajador: "¿En qué consiste entonces la enajenación del trabajo? Primeramente en que el trabajo es externo al trabajador, es decir, no pertenece a su ser; en que en su trabajo, el trabajador no se afirma, sino que se niega; no se siente feliz, sino desgraciado; no desarrolla una libre energía física y espiritual, sino que mortifica su cuerpo, arruina su espíritu. Por eso el trabajador sólo se siente en sí fuera del trabajo, y en el trabajo, fuera de sí. Está en lo suyo cuando no trabaja y cuando trabaja no está en lo suyo. Su trabajo no es, así, voluntario, sino forzado, trabajo forzado. Por eso no es la satisfacción de una necesidad, sino solamente un medio para satisfacer las necesidades fuera del trabajo. Su carácter extraño se evidencia claramente en el hecho de que tan pronto como no existe una coacción física o de cualquier otro tipo se huye del trabajo como de la peste. El trabajo externo, el trabajo en que el hombre se enajena, es un trabajo de autosacrificio, de ascetismo").
Reflexiones sobre lo escrito unos párrafos arriba cuando Owen Jones (y casi cualquiera con él) reconoce que existen distintos tipos de obreros e incluso lucha de clases dentro de la propia clase obrera (incitada por el Poder con el ya clásico intento de dividir al enemigo: el ejemplo más claro el de los proletarios que necesitan para subsistir del subsidio cómo son criminalizados ante la opinión pública -conformada por muchos- con el argumento de que no quieren trabajar). Un periodista como Enric González cobraba un buen sueldo pero, como finalizan sus Memorias líquidas, la última vez que vio a su compañeros de El País fue en una manifestación y reflexiona: "éramos solo un grupo de trabajadores maltratados por su empresa". Al fin y al cabo unos periodistas a los que los propietarios del periódico podían tratar de que suprimieran un párrafo de un artículo y, por lo menos en el caso de Enric González, negarse a publicarlo entero. Otros aceptarían, qué remedio. El párrafo que le exigió censurara el director Javier Moreno fue el siguiente: "No quiero ponerme en la peor, pero cualquier día, en cualquier empresa, van a rebajar el sueldo a los obreros para financiar la ludopatía bursátil de los dueños". Se titulaba Rodeados y, por suerte, lo tenemos en la Red con otro titulado Derechos (un retoque del anterior) que sí publicó El País. Es decir, un periodista como Enric González, muy alejado del proletariado que trabaja con sus manos, vio cómo a gran parte de sus compañeros de trabajo los echaban y que a él lo censuraban. Al ser un grande del periodismo se ha pasado a El Mundo para disfrute de sus lectores y tristeza de los que lo leíamos (si tras Segurola y Enric González se marcha Jacinto Antón solo compraré El País por los crucigramas para mi madre)
Si la crisis tiene alguna virtud es que por fin se acaba el ensueño interesado de que todos somos clase media y se dan las circunstancias para reactivar la lucha de clases (no violenta) y la creación de partidos de clase y el crecimiento de la conciencia de que el adversario (político) no es de otra raza, credo o sexo, sino de otra clase social (aunque volvemos a las mismas: la clase media no es un todo y los pequeños y medianos comerciantes se han visto perjudicados por los intereses de la banca y "la ludopatía bursátil de los dueños" a la que se refiere Enric González) que hasta ahora dicta las leyes en su beneficio. No es mal comienzo.
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