lunes, 20 de junio de 2011

El barniz de la civilización


"Al derribar y despedazar las pantallas protectoras y los tabúes de una civilización superficial, recuperamos nuestra sana animalidad". Así recuerda la I Guerra Mundial Marcel Déat.

Le daba vueltas a esta experiencia de guerra del socialista (más tarde fascista) francés cuando leí en el Noroeste el interesante artículo Instinto animal de Maite Ruiz.
Mi visión de la infancia nada tiene que ver con Rousseau y su "hombre bueno por naturaleza". A diferencia del filósofo suizo siempre me ha marcado el maltrato animal por parte del niño (el sadismo con que se le arrancan las alas a una hormiga, por ejemplo, apedrear los gatos): la secuencia que abre Grupo salvaje: el escorpión, las hormigas hambrientas, el fuego; la lectura de El Señor de las Moscas (esperaba una suerte de Dos años de vacaciones de Verne). Nada hay de inocente ni de puro en un niño, en su inconsciencia le afecta menos la muerte (o provocarla) que a un adulto: tal vez porque no conoce lo irremediable de esta, que no existe vuelta atrás.
Solo la civilización impide que "el hombre sea un lobo para el hombre". ¿Pero esa civilización es tan "superficial" como asegura Marcel Déat?
Norbert Elias escribió un libro capital donde se explica el porqué de la disminución de la violencia en Occidente, La civilización de las costumbres. En una entrevista señala: "A mi juicio la violencia actual no es muy fuerte salvo, naturalmente, para quienes la sufren. Si nos comparamos con nuestros antepasados, somos como niños de pecho. Me refiero claro está a la violencia que se produce entre particulares de nuestras sociedades y no a la violencia entre Estados, que ha sufrido una ingente mutación desde que la ciencia, la técnica y la movilización de masas le han proporcionado gigantescos medios".
Pero la violencia que generan los Estados acaban produciéndoselas unos ciudadanos a otros, en el caso de las guerras. Como se puede ver en los magníficos (aunque durísimos) libros de Joanna Bourke: Sed de Sangre (entrevista en El País) y Los violadores. Si bien es cierto que esta autora en otros libros y entrevistas diferencia entre el miedo (a Jacinto Antón le dice que es igual al de la Edad Media -el del siglo XXI- pero mayor que en el XIX) y los motivos, si son racionales o no.
Volvemos al artículo de Maite Ruiz y al entorno o ambiente que puede controlar nuestro impulso animal u homicida. Resulta evidente, sobre todo cuando pensamos lo contrario: la animalización del adversario, como escribe Bernard Bruneteau en El siglo de los genocidios, es el primer paso paso para un exterminio sin remordimientos.
Educación, familia, amistades, religión, costumbres, leyes... todo para impedir esa imagen primigenia de Caín asesinando a Abel. Pero cuando peligra (o creemos que peligra) la vida o nuestro modo de vivir esa civilidad desaparece como pintura recién echada cuando comienza a llover.
Por no hablar del crimen, más que por maldad por puro aburrimiento, que nos asalta de vez en cuando en las noticias, que ha dado para obras maestras de la literatura como Crimen y castigo o del cine, La naranja mecánica.

Instinto animal de Maite Ruiz; En la sociedad actual, lamentablemente, la violencia forma parte de nuestra vida cotidiana, cabría preguntarse qué es exactamente lo que nos separa de los animales, se supone que la razón, pero a la vista de tantos homicidios que se cometen casi a diario, la pregunta correcta sería si es que acaso todos llevamos un instinto asesino en nuestro interior. Dentro del reino animal, se ha demostrado que son comunes las conductas homicidas, pero los motivos no son otros que la supervivencia y la evolución de la especie, así pues, el más fuerte es el que sobrevive. Entre los humanos, a veces las conductas no son muy distintas, y es que cuando vemos en los medios de comunicación que un hombre mata a una mujer, generalmente, suele ser por infidelidad o por despecho porque su pareja le ha abandonado, pero dado el alto índice de sucesos que desgraciadamente va en aumento, nos hace pensar que hay mucho más detrás de ese comportamiento agresivo, quizá miedo a perder la consideración social, vergüenza, rabia, temor a pensar que no volverá a encontrar a otra mujer que pueda sustituir a la actual, tal vez sea el cóctel explosivo de todos estos sentimientos, el que despierte en el individuo su más que probable predisposición a cometer un crimen. La mujer, por su parte, también puede ser la homicida, pero se da en menor número, y si lo hace, normalmente, es en defensa propia al sufrir abusos por parte del hombre, y por muy horrible que parezca, el infanticidio es el tipo de asesinato más común en la mujer. Muchos son los filósofos que han desarrollado ensayos y teorías sobre la naturaleza humana, entre ellos, el pensador suizo Jean-Jacques Rousseau, el cual afirmaba que el ser humano es bueno por naturaleza, es la sociedad la que lo corrompe, creo que es un punto de vista interesante, dado que si hay algo que defina a un niño es su inocencia y pureza, es a lo largo de los años conforme se va formando su personalidad cuando influenciado por el ámbito más cercano, vamos observando cambios en él, ya sea para bien o para mal, yo pienso que lo que somos es, en gran parte, resultado de nuestro propio entorno, y si éste es violento, fomentará conductas destructivas para el propio sujeto y los que le rodean. Se puede decir que son los instintos lo que nos asemejan a los animales, pero es el ambiente el que puede influir de manera positiva o negativa en el ser humano, favoreciéndonos o por el contrario, activando en nosotros ese impulso agresivo innato al animal que llevamos dentro.

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2 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola, soy Maite, me ha gustado mucho esta entrada, no conocía tu blog, el título me parece genial, y me halaga que hayas incluido mi artículo. En la carrera nos pusieron la naranja mecánica en clase pero si te digo la verdad no pude terminar de verla..., lo triste es que la realidad supera la ficción, bueno a partir de ahora seguiré tu blog con atención, un saludo

Jaime Parra dijo...

Hola Maite,
muchas gracias. Un saludo, Jaime