lunes, 3 de octubre de 2011

A vida o muerte, de Michael Powell y Emeric Pressburger

El cine de Michael Powell (y Emeric Pressburger) tiene en común con el de Ernst Lubitsch y el de Jean Renoir el gusto por retratar una época (la de finales del XIX y el XX hasta la II Guerra Mundial o, más bien, hasta los rusos blancos huídos a París después del 17) con un humor teñido de nostalgia o una nostalgia no exenta de un humor que sabe que los recuerdos no son son exactamente como los vivimos.
Renoir y Lubitsch hacen un cine más pícaro, amoral (la distancia mental entre Viena/Berlín y París es menor que la distancia entre cualquiera de estas capitales y Londres), mientras que Powell retrata más esas costumbres, esas gentes que irremediablemente pronto desaparecerán. 
Si bien es cierto que apenas existe distancia entre La gran ilusión de Renoir y Vida y muerte del coronel Blimp de Powell (Javier Marías, Pérez Reverte y Díaz Yanes sobre sus películas favoritas de guerra).

Michael Powell
El director británico fue reivindicado en su día por Coppola y Scorsese (Las zapatillas rojas es un o de sus filmes favoritos) y las comparaciones entre Las zapatillas rojas y Cisne negro son inevitables. Pero cualquiera de las obras de Powell, solo o con Pressburger) están llenas de hallazgos que todavía sorprenden por su modernidad: la paradoja de un director que revive el pasado a la vez que hace avanzar el cine: para mí Peeping Tom es la película británica más importante de la década de los 60 y más influyente que casi todo lo que realizaron los franceses en esa década. Y Powell además de Las zapatillas rojas y Vida y muerte del coronel Blimp y Peeping Tom ha realizado otras obras maestras como Sé a dónde voy (pronto la reseñaré), Los invasores y A vida o muerte.

A vida o muerte (A Matter of Life and Death (Stairway to Heaven), 1946)
Un piloto británico (David Niven) se enamora de la mujer norteamericana (Kim Hunter) que contesta su mensaje de socorro. Aunque debería ir al Cielo, por error es enviado cerca de donde vive la chica y, cuando caen en las alturas, que debería estar muerto el difunto protesta (como en la película norteamericana de igual título) y le dan la oportunidad de exponer su caso ante un tribunal celestial.
Un cielo que parece sacado de la fantasía de un surrealista: escaleras mecánicas, relojes dalinianos, un blanco que contrasta con el technicolor (cómo le gusta el technicolor a los de arriba, exclama el ángel, tal vez refiriéndose a los productores) de las escenas en la Tierra (porque la película se divide entre el Cielo, un cielo donde caben personas de todos los países, los norteamericanos que llegan, lo primero es beberse una coca cola, donde espera el amigo de David Niven y también su ángel francés, guillotinado durante la Revolución Francesa) que recuerda al de Qué bello es vivir y una tierra donde vemos el enamoramiento de los protagonistas y la operación a la que someten a Niven) de la Tierra.
Grandes actuaciones de todos los actores, diálogos brillantes ("¿Cree que existe el cielo? a) No lo sé, no he pensado mucho en ello. b) No lo sé, he pensado mucho en ello") con ideas magníficas (el abogado celestial acusador fue el primer norteamericano en morir por una bala inglesa en su Guerra de la Independencia... y además es de Boston), un rechazo al peso de la historia y un canto a un futuro común (en el tribunal que lo juzga finalmente, compuesto en exclusiva por norteamericanos, hay personas de todas las razas y nacionalidades)...
De entre los directores a los que le falta reconocimiento de público, Michael Powell me parece el mejor de todos ellos... aunque todavía tenga que leer qué parte es suya y qué parte de Pressburger.

El Cielo según Powell




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