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| Josefa, en el Kiosco de Piedra |
Cuando un amigo no es tal, le regalo vino de la Cruz; cuando lo es de mis abuelos, yemas de Caravaca. Solo un primo de Barcelona, aún joven, recibía con satisfacción nada disimulada las yemas
que cada verano le llevaba, hasta que descubrí que lo que tanto le atraía de ellas era el orujo del Campo de San Juan que las acompañaba. Mi paladar no distingue el segureño del cordero sin padre que le diera apellido.


