
Escribía el conservador Samuel Johnson que el patriotismo es el último refugio de los canallas. Más cercanos en el recuerdo los conciertos de La Polla y la consigna de «un patriota, un idiota» que coreábamos a grito pelado como los adolescentes que éramos. Pensábamos sobre todo en las guerras, donde jóvenes pobres matan a otros jóvenes pobres mientras se enriquecen precisamente los canallas de Johnson. Queríamos ser como Rick Blaine en
Casablanca: borrachos (lo que no fue tan difícil) o ciudadanos del mundo (para eso se necesitaba valor o dinero). El nacionalismo español, ese preguntarse continuamente por el ser de España, nos asfixiaba.