lunes, 25 de julio de 2011

¿Contaré con las palabras...?

            ¿Contaré con las palabras suficientes que me permitan expresar…? Yo, como todos, fui muchos otros, y de todos esos guardo algo: un gesto, un presentimiento, manías... y de todos renegué un poco para ser quien soy hoy, el hombre que no seré mañana, aunque como ya estoy haciéndome viejo es de querer que estas revoluciones y alteraciones, que cíclicamente me transforman y trastornan todo lo que se somete a mi imperio, paren o, por lo menos, que su acción sea menos violenta. De todo lo que fui anteriormente renegué (o así quiero creerlo), pero el nuevo hombre no es una flor nueva que crece insultante en su independencia de la flor madre, pronta a marchitarse. El hombre no es un punto y  aparte, tan sólo un punto y coma y a veces ni eso: es como la escritura desordenada de un novelista que plasma sin respiro, sin márgenes, sin sentido, en un papel todo lo que mana con abundancia de su cerebro. Así que el pedante de hoy que sólo vive la vida que se vive en los libros quizá mucho antes quiso aprender de la experiencia lo que no se lee en los libros. Puede que sea esto, o más bien que en el hombre de hoy esté claramente el que fui hace tiempo y sólo yo no me dé cuenta. En fin: yo soy el torvo, el huraño, el consentido y resentido, el solitario, el lobo... Escribo todo esto de mí sabiendo que acierto en detalles sueltos, que mi pintura es para verla de lejos, si te acercas pierde mucho y se desdibuja mi autorretrato. Pero tú, que me conoces tan bien como el que más, no te sorprendes de mis palabras. El que hablara de mí ha sido habitual en los años que llevas conmigo. Conocerás mis palabras, que por gastadas y manidas, no te sorprenderán, como conocerás mis noches de temores inciertos o como reconocerás mis manos en tu cabello. Te lo digo sabiendo que te vas (a dónde no lo sé) y sin pretender hacer un encomio a mi fidelidad y un poema necio sobre tu traición. Sé, ciertamente, que no fui nunca como me esperabas, y las revoluciones y caídas que he tenido en estos últimos diez años tampoco fueron a mejor. Sabía que cuando llevábamos cinco años viviendo juntos añorabas al hombre que fui cuando nos conocimos, y ahora añorarás al hombre que fui hace cinco años (ese que antes no querías) y posiblemente si lo piensas preferirás ser la mujer que eras cuando no me conocías y preferirás el hombre que fui cuando los cambios y las transformaciones eran para mejor o el hombre que pude haber sido. Nos vimos una noche de mayo, nos acostamos y a la mañana siguiente, temprano, huí de tu lado y corrí a emborracharme. Nos vimos otra noche en un bar y me emborraché y grité y me peleé con el camarero y vomité encima de la mesa, pero tú ya me querías, quizá porque te escuché, escuché tus fantasías de loca que veía luces rojas y leía libros profanos, antes de que huyera de tu casa a emborracharme. Sí, tú me querías, pero ya sabías que yo no era para ti (para nadie) bueno. Y esa noche, yo borracho, tú querías llevarme a tu casa a que se me pasara la borrachera y yo gritaba más fuerte y llamaba a los camellos y convidaba a las fulanas a un trago y besaba a una, a varias, delante de ti como diciéndote que te marcharas, que no me robaras la magia... y es que yo, entonces, creía que tenía magia (¡infeliz !) y que las mujeres y los críticos literarios sólo vivían para vulgarizarme, aborregarme, quitarme la magia que me envolvía, brillante caballero místico de espada de oro.
Tal vez pienses, o soy yo el que lo pienso. que te vas para que pueda terminar la novela que estoy escribiendo. Que si te vas a casa de Luis o de Juan será sólo por un tiempo. Hay una ley de los grandes números, en economía, que los movimientos extraños que hacen unos individuos, tienden a eliminarse con los que hacen otros individuos, así que la normalidad es lo general. Es de esperar que en una sola persona, en una sola vida, las equivocaciones que puedan tenerse se irán unas con otras, y que volveremos a la madre tierra (si es que allí sirve para algo) con un historial absolutamente normal, limpio.
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