Mi género literario favorito es
la necrológica (la muerte del creador de los Doritos lo considero el
acontecimiento más destacado de 2011): con ellas me desayuno, me meriendo con
los anuncios de contactos (la prostitución se hace visible en Caravaca) y me ceno con los del tarot (en mi
calle Cartagena una tienda de brujería donde compro velas para San Judas
Tadeo).
Para empezar el año, dos muertes
insignificantes, españolas, comparten cartel con la de un tercer hombre que tuvo
importancia capital para la
Humanidad (por última vez con mayúscula: «En nombre de las
mayúsculas se ha torturado, se ha invadido, se ha asesinado. Es probable que
constituyan el concepto más repugnante que ha pergeñado el ser humano», Rubén
Castillo, El globo de Hitler).
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| Con Castro II |
«El padre dela democracia e hijo del franquismo» (El Jueves) y el etarra que bautizó a la bicha (por fortuna,
hablamos de ex novias, ex ministros, pero nunca escuché «ex asesino»). O, como en
España la necrológica sigue el patrón de la hagiografía, el prologuista deMiguel Espinosa y el exquisito lingüista vasco (hombres de letras ambos) han
ocultado la muerte de Gevork Vartanian, quien en 1943 impidió un atentado nazi
contra Stalin, Roosevelt y Churchill. ¿Lamentó la madre del agente secreto su
parto?
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| Con Castro I |
Una historia alternativa permite
juegos fascinantes: ¿cuánto mejor para los académicos suecos no tener en su
conciencia el Nobel de Literatura para Churchill? ¿Y para la mitad de Europa la
posibilidad de liberarse de la esclavitud roja? Pero, sin el comunismo,
¿hubieran aparecido Václav Havel, Ana Ajmátova o Solzhenitsyn? ¿E importan
las vidas pasadas, aunque las sepamos llenas de sufrimiento, o más aún la
literatura y el ejemplo que dejan?
El ejemplo: para recordar los horrores del siglo XX
me basta con buscar en Internet la foto de los otros gallegos (brindan, se
sonríen, se abrazan… no encuentro ningún muak muak). Castro y Fraga: las dos
caras del totalitarismo, ese punto donde los extremos no se
repelen, se atraen.



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