sábado, 14 de noviembre de 2009

¿Dónde estabas?

Algunos acontecimientos se viven y otros se sufren. La caída del Muro se vivió. Allí, por ejemplo, se encontraba Sarkozy de picapedrero. Nuestro Presidente lo comparó con el 20 N: en clave nacional, imagino. No parece este un hito que se viva en el sentido de que se participe en él, por más que un joven avejentado cantautor escribiera: «todo lo que os divertisteis estropeando la vejez a oxidados dictadores».


(Ya saben ustedes de estos españoles, que estuvieron en Chicago, en París y hasta tuvieron tiempo para darle un disgusto al moribundo de voz aflautada). Pero sí es cierto que en otros momentos de la Transición como la gran manifestación de legalización del PCE o la posterior al 23 F había una apariencia de participación.
Para los nacidos entre finales de los setenta y principios de los noventa no hay ningún acontecimiento del que sean partícipes, más bien los han sufrido. Desde el asesinato de Miguel Ángel Blanco hasta la caída de las Torres o el atentado de Atocha, los ha vivido como espectador, como televidente: un sofá, un mando, el homo videns del que habla Giovanni Sartori (crítica de Alex Juárez, en el 358 de El Noroeste). Cuando te preguntan dónde estabas el 11 S, la respuesta es sencilla: frente a la tele, viendo Friends o las noticias; cuando te preguntan por los bombardeos a Serbia o Iraq, la respuesta es la misma. Tal vez quien votó a Obama o se manifestó cacerola en la mano contra el corralito argentino piense que ha participado, no que ha sufrido las consecuencias de guerras y ofensas heredadas. Pero es una ilusión.
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1 comentarios:

rubencastillogallego dijo...

De la pasividad obligatoria como forma de estar en el mundo. Parece un título para Thomas de Quincey. Y una idea, lanzada al aire: ¿por qué no se crea en 'El Noroeste' la figura del 'opinador anónimo'? Una persona que sólo sea conocida por ti (el secreto es vital) y que actúe como ojos y opinión auténtica y crítica de los asuntos que ocurran en el pueblo. Sin partidismos, sin cortapisas, sin palabras edulcoradas. Lo bueno y lo malo, protegido por el biombo de la anonimia...