jueves, 10 de marzo de 2011

Los ronquidos de mi vecino

Como ya sé que esto de los ruidos es cosa muy molesta, compadezco a quienes en La Zona conviven con la música estridente, los vasos rotos, las risas y las broncas amaneciendo. Qué me van a decir si vivo en la Calle Cartagena, una de las más ruidosas de la ciudad. Por la noche las persianas del bar que cierra, por la mañana el mismo bar que abre ; y el camión de la basura ; y el puto bakalao de madrugada (no se confundan, a esas horas ni un coro de serafines) ; y pitos, improperios, frenos... y basta ya de contar.

Así que comparto con ellos el deseo (si tuviera perras) de largarme a las afueras o de hacerme monje en el Tíbet ; la indignación y exigencia de tomar medidas : aparatitos de esos que miden los decibelios y multa gorda. Sin embargo, me asalta una duda, ¿se han dado cuenta de que los ronquidos de un vecino pueden ser igualmente molestos ? Y no digo los de un familiar que, en fin, habrá que soportarlos. Hablo más bien de esos ronquidos de (valga el ejemplo) tu vecino de abajo, que traspasan las paredes con monótona insistencia y te desvelan. Hay trucos, sí, conozco algunos. Pero aun así... No tomas café, ves la tele o lees hasta que los ojos te queman, enciendes la radio (el ronquido insidioso se cuela en la canción), bebes hierbas, blasfemas en arameo. Nada, que ni por esas. Entonces recurres a medidas drásticas, golpeas el suelo (la primera vez, siempre con la mano, después, por eso de la salud, con el pie o con una zapatilla), bajas las escaleras en pijama y bata, llamas al timbre del vecino y huyes del lugar del delito, te agencias su teléfono, contratas un matón... La otra noche, después de pasar por todas las fases, desde el ligero mosqueo hasta la ira más sorda, agarré mi bicicleta estática (ese prototipo “camino de cabras”, como dice el Pilucas) y desde considerable altura la lancé al suelo. Al momento, mi familia entera mirándome asombrada. Que si el estudio, que si ya se veía venir, que hijo, que vamos al médico, unas pastillas y como nuevo.
Me acercaré a su mujer, le rogaré que tome dinero, que no se rinda, que insista en llevarlo a una clínica para curarlo (si aún tiene cura). El caso es que me mira raro cuando subimos en el ascensor, tendrá miedo, digo yo, del vecino de arriba, con esas ojeras y los muebles que se caen por las noches, los aullidos que la despiertan de madrugada, ¿tú no oyes nada Pepe ?, pues yo creo que es satánico de esos... Existen dos posibilidades : o está tan acostumbrada a los ronquidos de su marido que no la molestan o es una santa de esas que esperan el paraíso. Yo soy más realista, todavía busco un paraíso en la tierra. Un paraíso hecho de pequeñas cosas : una buena comida, dinero para mis vicios, un polvo de vez en cuando pero, sobre todo, mis horas de sueño diarias. No pido la luna. Nueve horas diarias.
Aunque mi vecina entrara en el santoral, eso no quita que su marido haya finiquitado mi vida social. Luego digo yo que se podrá hacer algo, aparatejos de esos mide ronquidos, estudios científicos o alejamiento del susodicho a diez kilómetros de cualquier núcleo urbano, si bien en áreas rurales las gallinas dejarían de poner huevos.
No sé qué hacer a parte de llenar estas líneas. Muchos seguirán mi ejemplo, el ejemplo de cualquiera que denuncie la estrecha relación entre la exposición a ronquidos y el fracaso social. Quién se levantará, quién exigirá el derecho al descanso. Hay que acabar con esa visión tan extendida que reduce los ronquidos a algo sin importancia, un poco molesto sí, tal vez vergonzoso pero nada más. La joven pareja puede despertarte con sus lances amatorios los primeros días, todo lo más el primer año de su vida en común. Pero uno sabe también que se acaba y, cuando finalmente es así, te entristeces no sabes si por ellos o porque te reflejas en su espejo. Sin embargo, el que ronca te martirizará la vida entera. Y se dice pronto : una vida entera ; y parece que no es tan importante... pero se llena de muchas noches. Así que elevo el caso a quien le corresponda. Reflexionen un instante acerca de cuantos caravaqueños se habrán exiliado, cuanto potencial desaprovechado, zombies que deambulan, insomnes sin vocación, porque algún roncador compite con los tubos de escape, los niñatos del bakalao y aquellos dos que no deja de gritarse que se odian, que no quieren verse más, pero ninguno de los dos se larga, porque tienen frío si se separan.
Iré al juzgado a denunciar a mi vecino, daré a mi caso toda la publicidad que pueda, conferencias (ahora estoy ensayando gestos mesiánicos), saldré en los informativos de TeleCinco, esa misma noche en cualquier reallity, y, de ahí, a la fama. Ocuparé el lugar que merezco, seré de la cuadrilla de los quejicas, publicarán mi foto en La Razón y mi manual de autoayuda en el Corte Inglés. Perdón.
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3 comentarios:

Anónimo dijo...

¿has encontrado alguna solución ya? Yo estoy en tu misma situación y por las noches he de ponerme tapones auditivos para atenuar ese molestisimo sonido como es el de un ronquido. Te compadezco maxo

lulan dijo...

Tengo el mismo problema, mi vecino está en la habitación contigua a la mía, he insonorizado la pared y seguimos escuchándole, hemos hablado con él ofreciendole ayuda para que el haga en su pared lo mismo que hemos hecho nosotros, y nos ha gritado diciendo que nos fueramos, tratándonos a patadas!! vamos, no hay colaboración,es un paletillo!!
Teneis mi apoyo para intentar dar solución a estos problemas

Jaime Parra dijo...

En verano, además de los ronquidos del vecino, la terraza del bar, el camión de la basura...
Suerte