martes, 17 de mayo de 2011

Cine sociopolítico: apenas una mirada


Fotograma de Tocando al viento
«Hace falta algo más que buenos sentimientos de izquierdas para hacer una buena película». Pauline Kael, la crítica cinematográfica que más hizo (desde las páginas de New Yorker) por una revalorización del cine comercial de entretenimiento frente al cine de autor europeo (llegó a pronunciarse a favor de que los estudios recuperaran el final cut, que no quedara en manos del director). Arremetía contra Godard y su público de la Costa Este: «Jean Luc, cuanto más marxistas se vuelven tus películas, más acomodado tu público».

Y creo que da en la clave: parece que el cine de izquierdas deba ser pretencioso y aburrido… y que debamos perdonárselo. Así por ejemplo con el Bardem y el atentado de Atocha. Un auténtico coñazo como la mayoría del cine de la Transición y los años anteriores a la muerte de Franco.
Imagen de El silencio de Lorna
No siempre el cine de izquierdas (o liberal en la acepción americana) ha sido aburrido: en Weimar ya se desarrolló un cine sociopolítico (sobrevalorado, salvo parte de Fritz Lang, es tópico decir que se hacía mejor cine que en Hollywood, pero quien haya comparado sabe que no es cierto: los alemanes no entendieron del todo lo que tenía de arte nuevo y su cine pecaba de teatral): en películas como el Gabinete del Dr. Caligari (que la crítica todavía se pregunta qué quiere decir esta película), la totalitaria Metrópolis, M, Mabuse… además de cientos de filmes donde se trataba la prostitución, la alienación obrera, los conflictos generacionales…
En Italia el neorrealismo ofrece obras maestras (y entretenidas) como Rocco y sus hermanos, el Ladrón de Bicicletas, Roma, ciudad abierta… Los italianos, encabezados por De Sica, hablan de las duras condiciones de trabajo, de la jubilación, del éxodo del sur al norte, cine más social que político pero los dos aspectos van unidos.
Mientras, el comienzo de la Guerra Fría (hacia el 47) supone una ofensiva interior de los demócratas y republicanos contra izquierdistas varios y filocomunistas, lo que en pocos años acaba con un cine político, aunque los norteamericanos, los más dados a la mezcolanza de géneros, podían meterte ideología dentro de una película de «kiss kiss Bang Bang». Curiosamente, los chivatos Elia Kazan y Edward Dmytryk continuaron con su cine denuncia. En 1954, y como un acontecimiento histórico pero sin continuadores, Biberman y Rosario Revueltas realizan La sal de la tierra, una de las películas cumbre de la historia del cine, del largo proceso de la igualdad, y la movie política por excelencia: esos obreros enfrentados a los empresarios, el aporte de las mujeres y los niños para una plena igualdad, la solidaridad internacional… Nada quedó cuando destruyeron la carrera de Biberman y Revueltas.
En los 60 y 70 en Italia se produce un cine político en el que guionistas y directos vuelven una y otra vez a la corrupción y la cópula animal entre democracia cristiana, mafia, Iglesia y poco a poco el Partido Comunista que pasa a ser stablishment: Lizzani, Rosi, Monicelli, Risi, Elio Petri, Bertolucci… salvo excepciones como el Salvatore Giuliano o casi todo Monicelli, mejor intencionado que cine que en la actualidad se vea con placer. Nanni Moretti o Marco Tullio Giordana podrían ser sus herederos.
Entonces, en los 70 aparece el nuevo cine de Hollywood: y aquí sí se consigue el premio gordo: Entertainment y denuncia: Bonnie and Clyde, Siete días de mayo, Norma Rae, Network, Toro salvaje… un sinfín de obras maestras hasta la infantilización del cine a manos de George Lucas y Steven Spielberg. Ahora el compromiso en Estados Unidos se encuentra en el campo del documental.
Y llegamos a Inglaterra, a la Inglaterra del orgullo de pinta de cerveza, de pub, orgullo de clase obrera, de common people… Y hay dos líneas: la de Ken Loach, que desde hace años tiene problemas para rodar un plano decente (les animo a encontrarlo en Solo un beso, El viento agita la cebada, En un mundo libre y Buscando a Eric) desde Lloviendo piedras. Para Loach repetimos la frase de Kael: «Hace falta algo más que buenos sentimientos de izquierdas para hacer una buena película». Pero otros directores como Stephen Frears o Mark Herman y su maravilla Tocando al viento (en la secuencia final sí hay auténtico orgullo minero que emociona): no hay finales felices, cuando Thatcher y ese Thacher sin falda llamado Blair cerraron las minas, pero a veces la pena la olvidan los protagonistas entre copa y copa y nosotros nos reímos con ellos, no tan diferentes a lo que pasa en España. Prefiero Pídele cuentas al Rey que todo Aranoa (excepto Familia). Aunque leyendo la crónica de Cannes, Carlos Boyero los destrozaba, sé que los hermanos Dardenne son más míos que Gueguedian y su ideología barata (valdría para un Indignaos). Aunque los primeros pueden resultar aburridos y el segundo puede tener predicamento entre la izquierda sentimental (que es una enfermedad).
Volviendo Kael, cricia Pauline en la playa con estas palabras: «Oyes hablar a los personajes, lees los subtítulos y te sientes civilizado». Este es el problema de gran parte del cine político europeo:; el aburrimiento. Queda el nuevo aporte inmigrante: Oriente es oriente o Quiero ser como Beckam, además de Domingo sangriento, El silencio de Lorna (de los Dardenne), Recursos humanos… ¿Demasiado prestigio el cine europeo para tan poco que ofrece? ¿Es Europa ahora Irán? Vemos la coreana Dream home y cómo trata el problema de la vivienda. O el Pisito de Azcona/Ferreri y comprobamos lo bajo que hemos caído los europeos.
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