miércoles, 6 de abril de 2011

Entre el Grito y el Aullido


Entre el Grito de Munch y el Aullido de Ginsberg pasan mis veinticuatro horas: despierto, en duermevela, cuando duermo, el estado permanente en que aprieto tanto la mandíbula que la cara pierde expresión y sensibilidad y que ya es siempre ese estado, día, noche, duermevela...
O tal vez no sea el Aullido o el Grito, solo rechinar de dientes, crujir de articulaciones, un adolescente de Ray, un paraíso artificial que se tornó pesadilla hace lustros, la ebriedad de Jünger, el desheredado de Dostoyevski, el que follaría en el entierro de su padre y no acudirá al velatorio de su madre...
El que ya exclusivamente lee necrológicas, tanto esperma desperdiciado, y no sueña con ovejas sino con bombas y cuerpos despanzurrados, paredes que heredan dientes incrustados y camposanto donde se entierran cenizas de cabello, el que no ve este sueño, que no es con ovejas, como pesadillas, sino como alivio...


El que escribe esto en el kebab, descubriendo que su amigo más cercano es un camarero turco que le habla con su pobre español de lo que le cuesta el alquiler del bajo y de su familia en Alemania, el que prefiere no escuchar al joven turco y aislarse con la música... el que descubre que ya no siente interés ni aprecio por nadie. Solo por este sordo Grito de Munch, la letanía del Aullido de Ginsberg:  
Esta tensión dental como síntoma, este dolor en las articulaciones como máxima expectativa, como futuro cercano. Como presente hoy.

"He visto a las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura".



Votar esta anotación en Bitácoras.com

2 comentarios:

El Hombre Poderoso dijo...

Tal parece que esta enfermedad no cesa, ¿hermanos espirituales?, ¿hermanos de enfermedad?, es que acaso esta mierda no tiene fin.

Jaime Parra dijo...

Difícil de decidir. Pero no acaba, no acaba.