lunes, 22 de agosto de 2011

Átalas, tortúralas, mátalas: los crímenes de BTK

¿Qué encontramos en la mente de un asesino en serie? ¿El oscuro pasajero de Dexter Morgan? ¿El Factor X del que habla Dennis Rader? ¿O la nada que descubrió la Policía de Wichita (y que les avergonzó porque en su mayoría pensaba que era un hombre inteligente) cuando por fin detuvo e interrogó a Rader?
En 1974, Dennis Rader asesina a la familia Otero y a finales de ese mismo año se puso en contacto con el periódico local The Wichita Eagle anunciando: "Mi contraseña será bind them, torture them, kill them: BTK. Encontrarán estas letras en la próxima víctima". Hasta el año 2005 no lo detienen y solo porque un año antes, tras la publicación de un artículo conmemorativo, no da señales de vida nuevamente BTK.
En este momento, la Policía decide jugar la carta de los medios de comunicación con el asesino en serie: iniciando a través de la televisión y los periódicos una relació casi personal con BTK para que vaya revelando detalles de sus asesinatos con el fin de atraparlo.
Una táctica nueva, aunque ya meditada en los años 80. La primera carta The Wichita Eagle decide no publicarla: los sicólogos de la Policía y el FBI creen que esto incitará a BTK a seguir cometiendo asesinatos; mientras que meses más tarde una periodista de otro medio la publica (policías que no compartían la táctica oficial la filtran); esta periodista a su vez a consultado otros sicólogos que opinan lo contrario: la no publicación enfurecerá al asesino y lo llevará a cometer más crímenes hasta que se le dé la publicidad que cree que le corresponde.
Aquí nos planteamos el primero de los problemas de investigación: ni la ciencia forense (si el detective principal hubiera utilizado años antes el esperma del asesino para comprobar su ADN probablemente se hubiera vuelto inservible la prueba mientras que unas décadas más tarde ya es completamente fiable) ni el estudio criminal estaban tan avanzados como ahora. De todas formas, BTK, que no era un psicópata demasiado atractivo, presentaba dos particularidades que los expertos descartaban: a) fue capaz de estar años sin cometer crímenes y b) cometió alguno cambiando el modus operandi (tanto que durante cerca de veinte años casi nadie sospechó que dos de los crímenes eran suyos).
En las páginas de (Átalas, tortúralas, mátalas): treinta y un años de impunidad para un asesino en serie; escrito por varios reporteros del Wichita Eagle, seguimos la investigación policial y periodística y las andanzas de Rader que relató él mismo, aunque con contradicciones. Además se recogen fotografías de protagonistas, portadas de periódico, asesinados, crucigramas, dibujos... pero evitan las fotografías que el propio Rader echaba a algunas de las víctimas en postura obscena o en las que aperece él travestido.
Casi insoportable en su lectura en los primeros momentos: el asesinato de la familia Otero y el de Kathy Bright, se echa en falta conocer más detalles del monstruo: marido, padre de dos niños, monitor de boys scouts, presidente de una iglesia luterana... Evidentemente su familia y amigos son quienes se niegan a hablar para el libro que no responde a una pregunta que tal vez no tenga respuesta. 
No hay nada en Rader, un trauma en su infancia que explique al monstruo. Uno de los sicólogos "Estos impulsos no aparecen por arte de magia. Nadie vive una vida normal y un día se despierta y se dice: Oye, voy a convertirme en un pervertido aesino en serie".
Hechos reales que se leen como una novela, pero no esperen a Hanniba Lecter.

Rader habla en el juicio del asesinato de los Otero (aunque parezca desagradable y el caso estaba aclarado, con buen criterio la Fiscal hizo que después de Rader y su falso arrepentimiento hablaran las familias de las víctimas: la última oportunidad de que se pueda escuchar "la voz de los muertos").

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