domingo, 6 de noviembre de 2011

27 - 2 - 2001

1.-        Mujeres paseando por las calles de Murcia que sonríen. ¿Por qué ? ¿A quién ? Al hombre que las espera en aquella esquina ; al pensamiento fugaz que las asalta o a la imagen imborrable ; a toda la creación : coches, ancianos, libros de derechos, semáforos, mendigos, sonajeros, aceras y pasos de cebra... aquél insecto.
            Quizá supongamos erróneamente y esa sonrisa no sea dichosa. Advertimos entonces tibieza y ambigüedad en ella. Ya no es alegría, o no tan sólo alegría. Hay algo más, sabiduría mezclada con amargura. ¿También dedicada al hombre que la espera impaciente en la esquina ? ¿Al pensamiento y la imagen ? ¿Y a la creación sobrada de ancianos, coches, semáforos e insectos ?

2.-        Parejas que se abrazan en las calles de Murcia. En sus esquinas, aceras, paradas de autobús, bancos, árboles, toboganes... Cuando se besan ella ojea a su alrededor, como si buscara la cámara escondida que inmortalizará su felicidad. Tiene más bien que ver con la pretensión de compartir su alegría, su chico, con quienes la puedan ver. No hay nada más en esa mirada orgullosa.
El hombre, en cambio, su chico, escruta posibles rivales. La mano que se aferra a
la cintura, el ojo avizor entonces, implica posesión. Es mi chica, parece decir. Y, como las fieras, gruñe, husmea, afila las garras...

3.-        Tal o cual suicidio frustrado. El desgraciado contempla el cielo oscureciendo, la calle vacía, de nuevo las primeras estrellas de la noche. Por la ventana abierta, el viento frío le ha amoratado la cara. Está casi decidido, no sabe ninguna cosa de alturas y caídas, de física, aunque morirá, eso sí. Mas en ese momento un niño paseando por la calle. Nada tan banal como eso : un niño de diez o doce años que juega mientras anda. Indecisión, duda un instante, el niño desaparece de su campo de visión. Repite el proceso : el cielo ennegrecido, la calle al fin desierta, el viento más frío aun. Sin embargo, ha pasado el momento, lo sabe. ¿Quién sabe qué propósitos frustrados, cuánta inquina y amargura hasta llegar a dar este paso ? ¿Y cuántas circunstancias que jugaron en favor del suicidio : la amiga que no contestó al teléfono, aquella canción tan triste en la radio, el hombre que lo miró raro... ? Pero el momento apropiado se esfuma dejando paso a la rabia y, finalmente, al vacío. Nunca volverán a repetirse todas las circunstancias, ni en el mismo orden. Otro suicidio frustrado porque tal o cual muchacho volvía a casa al caer la noche.

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