lunes, 14 de mayo de 2012

Aquella plancha que sabía a calamar, aquel centro comercial de Brenda Walsh

Una plancha que no alcanza la mítica del Comunicando
Recuerdo la plancha de un bar de mi pueblo, El Comunicando, daba igual oreja, salchicha, champiñones... todo sabía a calamares. Un sabor a calamares que se mezclaba con el humo (entonces se fumaba) y pisabas el serrín en el suelo (más económico que fregarlo). Y me encantaba, fuese oreja, salchicha... que todo supiese a calamar.

Nostalgia de esos domingos después de misa en los que, ascendiendo un par de clases sociales, tus padres te llevaban a Las Vegas (con tus primos y primas) a tomar caballitos mientras ellos se bebían el vermú.
Añoraba aquellos tiempos hasta que apareció (corría el año 1995) Brenda Walsh (de Sensación de Vivir) en un centro comercial de Nueva Jersey y quise vivir allí, en el Mallrats de Kevin Smith, que vendría a ser como el lumpen de los centros comerciales... porque los centros comerciales imaginaba olerían a chicas con colonia unisex y apenas maquillaje.
Y hasta el centro comercial de la Nueva Jersey de Kevin Smith se acercaba demasiado a la realidad cuando yo quería un mundo clon. Vivir en un mundo clon, donde la intensidad de luz de cada tienda coincidiera con la situada a continuación, así como la música -no buena música, no mala música- no significara nada: un fondo, por si la pareja de al lado discutía que no te molestara su crispación: los celos, el despido, el embarazo..., con palomitas en los cines que parecieran plástico y jabón en las tiendas que asemejara -y supiera- como comida. Camareras como chicas van Sant suponiendo que estas existieran, que no fueran un mito... o chicos van Sant.
Brenda en Mallrats
Pero luego conocí centros comerciales y las camareras y las dependientas tenían ya pintado el hastío en la cara: comenzaron de universitarias para pagarse los estudios y diez años después continuaban en su puesto: no llegó para ellas nada mejor... Y por supuesto no conocí a Brenda o a Jay y Bob el Silencioso. Entonces intenté recuperar los olores de la infancia o de la adolescencia. Incluso jugué con serrín imaginario que amontonaba con mi pie formando una montaña de cáscaras de almendra, servilletas aceitosas y huesos de aceituna. Y regresé a la Esperanza y pedí, por los viejos tiempos, un bocadillo de calamares para desayunar: ya no sabía igual, se me hizo bola. Y busqué como un desesperado en museos, en basureros, en tiendas de anticuario aquella plancha del Comunicando que tan feliz me hizo de crío. Y entraba a los bares, olía las planchas con el corazón en un puño, pedía un plato de lomo o de setas... pero tampoco sabían a calamares. Soñé la felicidad en un mundo clon, de centros comerciales, de adolescentes en perpetua y fingida felicidad, y pensé recuperarla en esos bares de pueblo, donde el perfume de las domingueras se confundía con el extractor del humo, el maquillaje que se corría de las mujeres con el sudor de hombres de camisa blanca mostrando el pecho velludo... Poco a poco han desaparecido estos bares de mi pueblo: el Comunicando, Las Vegas, la Esperanza un pálido reflejo... tampoco se hizo ese centro comercial donde las manadas de adolescentes tomaran sus coca colas mientras esperaban la próxima sesión en el cine; esas pistas de patinaje con chicas de pantalón rosa; esa cafetería librería guardería toda a la vez donde pedir un café francés que de francés solo tuviera el precio...
Cuando... si alguna vez huelo una plancha en la que todo sepa a calamar cual magdalena de Proust mojada en te comenzará a aflorar los recuerdos... Espero me encuentre tan solo como ahora, no vaya a convertirse la lágrima furtiva en una llantera desconsolada. El poder de una plancha en la que todo sabía a calamar, las madres modernas pidiéndose el martini, el serrín en el suelo, los caballitos (¿a cuántos tocamos?) y la coca cola, aunque mi padre siempre peidiese pepsi...

Brenda en Malrrats



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1 comentarios:

Jose Mateo dijo...

Un saludo para ti, de Bar Comunicando.

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