
Hubo un tiempo en que el cine se consideraba arte, en que sus amantes mostraban con virulencia sus filias y fobias (Buñuel acudió a la proyección de El Perro Andaluz con los bolsillos cargados de piedras). En los años 20, ir con Buster Keaton o Charles Chaplin era como ir en los 60 de los Rolling Stones o de los Beatles o actualmente ser del Madrid o del Barça: algo incompatible.